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Trastorno de Pánico y Agorafobia: Síntomas y Tratamientos

imagen alusiva de una mujer con ansiedad

Este artículo explora la experiencia de vivir con ansiedad, desde su manifestación común hasta el desarrollo de trastornos de pánico y agorafobia. Se examinan los síntomas distintivos, se investigan las posibles causas subyacentes y se exploran tratamientos respaldados por evidencia científica, ofreciendo enfoques efectivos para el tratamiento de estos trastornos.

Trastorno de Pánico y Agorafobia: Puntos importante

  • Ansiedad, Más Allá de lo Adaptativo: En el núcleo de la experiencia humana, la ansiedad surge como una respuesta natural a situaciones de peligro. Descubre cómo esta reacción evolutiva, destinada a la supervivencia, puede convertirse en un desafío cuando se desequilibra, deteriorando la calidad de vida.
  • Ataques de Pánico, Desentrañando la Respuesta Defensiva Errónea: Los ataques de pánico, manifestaciones intensas e impredecibles de ansiedad, desencadenan respuestas defensivas erróneas. Explora cómo estos episodios, desprovistos de amenaza aparente, generan malestar significativo y pueden evolucionar hacia trastornos más complejos.
  • El vínculo intrincado del Trastorno de Pánico y Agorafobia: Sumérgete en la conexión entre el trastorno de pánico y la agorafobia, donde la anticipación aprensiva de futuros ataques de pánico lleva a modificaciones de comportamiento. Descubre cómo estas condiciones entrelazadas pueden afectar la vida diaria y cómo se diagnostican y tratan en conjunto.

Trastorno de Pánico y Agorafobia: Preguntas frecuentes

¿Qué es la ansiedad?

La ansiedad se define como una respuesta emocional natural presente en todos los seres humanos, actuando como un sistema de alarma frente a situaciones percibidas como peligrosas. En estos momentos, el cerebro desencadena respuestas fisiológicas a través del sistema nervioso autónomo, específicamente del sistema simpático, que preparan al cuerpo para la acción, ya sea luchando o huyendo. En un escenario de peligro, como caminar solo de noche por una calle oscura, el sistema nervioso simpático activa diversas sensaciones fisiológicas, desde palpitaciones y sudoración hasta hiperventilación. Cada una de estas respuestas tiene un propósito claro, como aumentar el flujo sanguíneo hacia los músculos esenciales para la defensa (Cascardo y Resnik, 2016).

Por ejemplo, el incremento en la frecuencia cardíaca permite un mayor suministro de oxígeno y energía a los tejidos, especialmente a los grupos musculares cruciales para la acción defensiva, como los bíceps y los cuádriceps. Sin embargo, es importante destacar que estas sensaciones, aunque puedan generar miedo, no representan peligro real, ya que forman parte de un mecanismo defensivo. En resumen, la ansiedad es una reacción adaptativa que facilita nuestra capacidad para enfrentar situaciones, pero puede convertirse en patológica cuando es desproporcionada o inapropiada, afectando negativamente la calidad de vida.

¿Qué es un trastorno de pánico?

Un trastorno de pánico se caracteriza por la manifestación de dos o más ataques de pánico en un lapso de al menos un mes. Estos episodios llevan consigo preocupaciones relacionadas con la posibilidad de experimentar futuros ataques o enfrentar consecuencias negativas, como un infarto o la pérdida del control mental. Las personas que sufren este trastorno tienden a anticipar estos eventos de manera aprensiva, percibiéndolos como situaciones incontrolables e impredecibles, lo que alimenta la sensación de indefensión (Mesri et al.,2020).

La falta de confianza en sí mismos y en su capacidad para afrontar estos episodios los impulsa a modificar su comportamiento, evitando lugares y situaciones que perciben como desencadenantes de los ataques de pánico. Además, se vuelven hipervigilantes ante los síntomas físicos que podrían señalar el inicio de un nuevo episodio, dando lugar a interpretaciones catastróficas de estas señales. Esta interpretación exagerada contribuye a un aumento en la ansiedad y agrava la sintomatología ansiosa, creando así un círculo vicioso. En este contexto, los pensamientos desempeñan un papel central en la aparición y persistencia del trastorno de pánico.

¿Qué es la agorafobia?

La agorafobia se define por la experiencia de un intenso miedo o ansiedad que surge en al menos dos de las siguientes situaciones: utilizar transporte público, encontrarse en lugares abiertos, permanecer en espacios cerrados, enfrentar multitudes o hacer cola, y estar solo fuera de casa. Este temor se fundamenta en la creencia de que, en estas circunstancias particulares, podría resultar difícil escapar o recibir ayuda en caso de experimentar síntomas de un ataque de pánico u otros síntomas incapacitantes (Hamm, 2020).

Inicialmente, la persona puede enfrentar estas situaciones a pesar del malestar que generan. No obstante, con el tiempo, se desarrolla una resistencia marcada, acompañada de un intenso miedo o ansiedad. Este proceso conduce a una dependencia significativa, llegando al punto en que la presencia de una persona de confianza se vuelve necesaria como acompañante. En muchos casos, esto culmina en la completa evitación de los lugares o situaciones temidas. Es relevante señalar que el diagnóstico de agorafobia puede realizarse de manera independiente al trastorno de pánico, aunque es común que ambos trastornos coexistan, llevando a asignar ambos diagnósticos cuando cumplen los criterios correspondientes en un individuo.

¿Qué se sabe de las causas?

Se sostiene que la aparición de un trastorno no puede atribuirse a una única causa, sino que es el resultado de la interacción compleja entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Se ha confirmado la existencia de una predisposición genética que, en combinación con experiencias tempranas, puede llevar a que la persona desarrolle la percepción de un mundo incontrolable, creyendo que no podrá enfrentar adecuadamente situaciones estresantes a medida que empeoren las circunstancias. Esta acumulación de percepciones a lo largo de los años conduce a una vulnerabilidad psicológica general a la ansiedad (Olivares, et al., 2016).

Es esencial destacar que un evento estresante específico puede activar las predisposiciones biológicas a la ansiedad y las tendencias psicológicas que llevan a la creencia de que la persona podría no ser capaz de manejar la situación. Este proceso aumenta la probabilidad de la irrupción de un ataque de pánico.

¿Cómo evoluciona el trastorno de pánico?

El Trastorno de Pánico, afectando a más de un millón de personas en nuestro país, se presenta con una prevalencia significativa que varía entre diferentes regiones, como se observa en los estudios epidemiológicos comparativos entre Estados Unidos y la República Argentina. Mientras que en la población general estadounidense la prevalencia anual se sitúa en el 11,2 % en adultos, los datos en Argentina muestran cifras más modestas, con un 0,8% anual en adultos y un 1,5% a lo largo de la vida. Este trastorno, de naturaleza compleja, puede emerger repentinamente, ya sea como respuesta a un evento estresante agudo o a la acumulación progresiva de tensiones a lo largo de meses (Stagnaro et al., 2017).

Resulta interesante observar que la vulnerabilidad al Trastorno de Pánico varía según la edad, con una mayor propensión en individuos comprendidos entre los 18 y 34 años. Además, se ha identificado una disparidad de género, evidenciando que las mujeres experimentan ataques de pánico con mayor frecuencia que los varones. La prevalencia prácticamente insignificante en adultos mayores a partir de los 60 años destaca la dinámica particular de este trastorno en diferentes etapas de la vida.

La complejidad del curso clínico del Trastorno de Pánico se manifiesta en su tendencia a la cronicidad. Si no se aborda adecuadamente, la enfermedad tiende a presentar un curso fluctuante, marcado por períodos de mejoría seguidos de recaídas, fenómeno que suele asociarse estrechamente con momentos vitales caracterizados por menor y mayor estrés.

Evaluar a niños es complejo debido a la superposición de síntomas que pueden indicar diferentes trastornos. Cuando recibimos una derivación o los padres solicitan una consulta, es crucial ajustar nuestro ojo clínico y recopilar información de múltiples fuentes para determinar qué evaluar. En la infancia, los diagnósticos deben ser cautelosos y sujetos a reevaluaciones constantes, ya que los niños están en continuo desarrollo.

¿Cuáles son los tratamientos disponibles?

Existe una base sólida de evidencia científica que respalda la eficacia de los tratamientos para el trastorno de pánico, abarcando tanto enfoques psicoterapéuticos como intervenciones farmacológicas. Entre los tratamientos psicológicos, el tratamiento cognitivo-conductual ha sido objeto de extensas investigaciones, evidenciando resultados altamente positivos en su aplicación. Este enfoque terapéutico se fundamenta en la identificación y modificación de patrones de pensamiento distorsionados y la interrupción de conductas evitativas (Beck, 2013). Al promover el enfrentamiento activo de las situaciones temidas, contribuye significativamente al fortalecimiento de la confianza en uno mismo.

En paralelo, el tratamiento psicofarmacológico se erige como una opción crucial, apoyándose en la administración racional de fármacos específicos. Entre estos, los “Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina” (ISRS) se perfilan como la elección primordial en la actualidad. Su eficacia para el manejo de síntomas ha sido ampliamente respaldada, y presentan la ventaja de menores efectos adversos, simplificando el proceso terapéutico y mejorando la calidad de vida de quienes padecen este trastorno. La combinación estratégica de estas modalidades de tratamiento puede ofrecer resultados sinérgicos, adaptándose a las necesidades individuales de cada paciente (Cano Vindel, 2017).

Aunque los tratamientos psicoterapéuticos y farmacológicos son pilares esenciales en la gestión del trastorno de pánico, es crucial reconocer la importancia de un enfoque integral que considere la singularidad de cada individuo. Además de las opciones mencionadas, la inclusión de prácticas complementarias, como técnicas de relajación, mindfulness o cambios en el estilo de vida, puede fortalecer aún más la respuesta terapéutica.

Es fundamental destacar que la elección entre terapias psicológicas y farmacológicas puede variar según las preferencias individuales y la gravedad de los síntomas. En muchos casos, la combinación de ambos enfoques brinda resultados óptimos. La colaboración estrecha entre el paciente, los profesionales de la salud mental y los médicos es clave para diseñar un plan de tratamiento personalizado que aborde no solo los síntomas inmediatos, sino también los factores subyacentes que contribuyen al trastorno de pánico.

¿Qué puede hacer la familia?

La familia desempeña un papel fundamental en el apoyo y la comprensión del individuo que enfrenta un trastorno de pánico. Ofrecer información detallada a familiares y allegados es esencial para que puedan comprender plenamente el malestar que experimenta su ser querido. Es crucial transmitir tranquilidad en relación con el riesgo de las crisis, subrayando que, a pesar de la intensidad de los síntomas durante un episodio de pánico, estos no representan un peligro real; nadie ha perdido la vida a causa de un ataque de pánico (Ortiz, et al.,2019). 

Además, destacar la eficacia demostrada de los tratamientos resulta clave. No solo permiten la remisión de los síntomas, sino que también contribuyen a un mantenimiento a largo plazo de resultados positivos. Al comprender tanto las características del trastorno como las razones detrás del diseño del tratamiento, la familia y los amigos están mejor equipados para acompañar al paciente en su proceso de afrontamiento. Su papel de aliento y refuerzo es invaluable, alentándolo a persistir incluso en momentos difíciles y reconociendo activamente cada logro, por más pequeño que pueda parecer. Este apoyo continuo contribuye significativamente a fortalecer la confianza del individuo en sus propias capacidades y a restaurar su autoestima.

Trastorno de Pánico y Agorafobia: Ataque de Pánico y sus Manifestaciones

El ataque de pánico se manifiesta como una experiencia angustiante y repentina, con una intensidad máxima en los primeros 10 minutos, seguida de una disminución gradual. Los síntomas son diversos y reflejan la activación del sistema nervioso autónomo, destinado a desencadenar respuestas de lucha o huida para preservar la seguridad del organismo. Las manifestaciones físicas comunes durante un ataque de pánico incluyen (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013):

  • Palpitaciones o aceleración de la frecuencia cardíaca.
  • Sudoración profusa.
  • Temblores o sacudidas.
  • Sensación de dificultad para respirar o asfixia.
  • Sensación de ahogo.
  • Opresión o malestar en el pecho.
  • Náuseas o malestar abdominal.
  • Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo.
  • Escalofríos o sensación de calor.
  • Sensación de entumecimiento u hormigueo.
  • Sensación de irrealidad o despersonalización (separarse del propio cuerpo).
  • Miedo a perder el control o “volverse loco”.
  • Miedo a morir.
Síntomas del ataque de pánico: Palpitaciones o aceleración de la frecuencia cardíaca. Sudoración. Temblor o sacudidas. Sensación de dificultad para respirar o asfixia. Sensación de ahogo. Opresión o malestar en el pecho. Náuseas o malestar abdominal. Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo. Escalofríos o sensación de calor. Sensación de entumecimiento u hormigueo. Sensación de irrealidad o despersonalización (separarse del propio cuerpo). Miedo a perder el control o "volverse loco". Miedo a morir.

Este conjunto de síntomas, aunque natural en situaciones de peligro real, se desencadena de manera errónea sin una amenaza evidente durante un ataque de pánico. Esta reacción defensiva puede ser tan intensa y desconcertante que la persona puede temer por su vida, a pesar de que los ataques de pánico en sí mismos no son peligrosos y nadie ha muerto a causa de uno.

Es vital subrayar que la presencia de un solo episodio de pánico no es suficiente para diagnosticar un trastorno por ataque de pánico. Estos síntomas también pueden estar presentes en otros trastornos de ansiedad. El diagnóstico requiere la aparición recurrente de ataques de pánico, acompañados por la preocupación persistente de tener más ataques o un cambio significativo en el comportamiento relacionado con los ataques. La comprensión profunda de estas manifestaciones es esencial para diferenciar el ataque de pánico de otras condiciones y facilitar una intervención terapéutica efectiva.

Trastorno de Pánico y Agorafobia: Resumen

  • Se explora la ansiedad y su evolución hacia el trastorno de pánico y agorafobia, comprendiendo su impacto en la vida cotidiana.
  • Se desentraña la relación entre el trastorno de pánico y la agorafobia, resaltando los cambios de comportamiento generados por la anticipación aprensiva.
  • Se presentan opciones de tratamiento, incluyendo terapia psicoterapéutica y farmacológica, enfatizando la importancia de un enfoque integral y personalizado.
  • Se destaca la necesidad de empatía y conciencia en la sociedad, promoviendo la investigación continua para mejorar la calidad de vida de quienes enfrentan estos desafíos de salud mental.

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Referencias Bibliográficas

  • Asociación Americana de Psiquiatría (2013).  Trastornos de ansiedad. Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5), (pp. 189-234). Buenos Aires, Argentina: Editorial Médica Panamericana.
  • Beck, A. T. (2013). Terapia cognitiva para trastornos de ansiedad. Desclée De Brouwer.
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  • Stagnaro, J. C., Cía, A., Vázquez, N., Vommaro, H., Nemirovsky, M., Serfaty, E., & Kessler, R. (2017). Estudio epidemiológico de salud mental en población general de la República Argentina. V Xerte, 275.